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Opinología

Al grito de guerra

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Al caer el manto negro de la noche, comienza el murmullo de las miniaturas sofocadas por el calor matutino y el soporte de las miradas inquisitivas sobre sus figuras frágiles y coloridas.

Entonces se incorporan a la vida y el fluir de los diálogos gravita entre el pasado y el presente de los soldados de corazón valiente. Alma en popa, pies de plomo, conscientes del servicio, siempre atentos, a escuchar el llamado a la guerra. Los soldaditos de plomo recuerdan las batallas libradas contra el enemigo, las grietas en el alma, el porvenir incierto, pero feroz de ser acariciado, logrado, consumado por sus fervientes afanes al servicio de su pueblo, y bajo el manto de la virgen de los desamparados.

Presurosos reconstruyen sus deberes, el uniforme impecable, la dedicación al servicio de los otros, a velar los sueños de los infantes y enseñar con tesón el amor a convertirse en soldado, aún si no está embestido con los colores verdes y el cabello raso, aún con la ligera angustia de aislarse de los padres, las esposas y los hijos, y poner en el entrecejo la firme idea de levantar el vuelo para defender las tierras, tal vez bendecidos por el pardal de Sant Joan, llevar en el pecho a la virgen del Rosario y cruzar tal vez a vuelo de pájaro el hospital, curar las heridas e irrumpir con la milicia el destino desconocido.

Un soldado se incorpora a la milicia, sabe que se enfrentará a días de ayuno, a noches de insomnio, descalabros en la batalla, abandono de sus juegos cotidianos y dejar fiestas y cumpleaños de amigos y vecinos. Su fuerte es el manejo de la pólvora, la de guerra, que ruge en los cañones; despliega su olor sui géneris, exclama en medio de la nada y silencia al enemigo. Cada soldado valiente sabe que no ha de profanar los secretos de su terruño, no venderá lo que mira y escucha mientras agiliza el aprendizaje al mando del gendarme, cabo o militar de gran rango. Ajusta el ovillo de su cinturón para no caer en la tentación de llegar a la deserción.

A la manera de gotas de lluvia, se escucha la marcha de los soldaditos valientes, muchos con heridas profundas, conocimientos bien cimentados, transmiten a los otros: los hijos, los nietos la idea de que dejen el corazón paspado y den la bienvenida al corazón bravío, inteligente, pero no por ello rendido ante los ideales, los valores y aprendizajes de otros tiempos, otras revueltas, rebeliones y guerras.

La fuerza de la tierra de los edetanos, los crió sanos, altivos, pero no vengativos, solo justos en sus actos y en la defensa de su río Turia, siempre atentos y en la mira contemplar la ciudad de las mil Torres, en donde quizá habite una doncella a quien defender, pero más fuerte entre los brazos, la tierra a quien proteger. Las olas del Mediterráneo proveen el suficiente aliento para combatir al enemigo y olvidar el canto de las sirenas, abordar la nave y estar con la mirada atenta a cualquier ruido invasor, de la mano de Santa María, las campanas que anuncian la llegada del alba, los maitines y el crujir de los cañones.

Veladas y más hazañas, hasta las 7 de la mañana, donde las miniaturas de plomo vuelven a sus lugares, para ser foco de atención de los visitantes, que los escudriñan desde las alturas, los enfocan para mirar sus gestos, saber si de a ratos se ríen, bailan y festejan con comilonas, los muchos recuerdos de su Valencia amada, a quien consagran el alma.

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