Por Nidia Angélica Curiel & Juan J. Villela A.

En el corazón de asfalto de la ciudad de México, está como muestra de lo perdurable el Hospital de Jesús, ese construido bajo el auspicio de Hernán Cortés. Sus corredores bermejos, techos altos y jardines aún con vida, ofrecen a pacientes, acompañantes y visitantes un mural interesante donde se mira algo de la medicina tradicional mesoamericana, el trabajo de las parturientas, los curanderos y curanderas, la enfermedad que estuvo del cocol, y, el encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma, entre otros detalles interesantes.

En el segundo patio todavía asoma esa ave preciosa del colibrí, rondando entre las flores tímidas y sus verdes prados reducidos por el contexto gris y saturado de comercio, ruido de vendedores y autos, ese alboroto tan característico de la ciudad de México. Pero, ese jardín tiene una estela, que es justamente el recordatorio de Huitzilan, lugar saturado de colibríes. Trae a la memoria a Huitzilopochtli, el colibrí zurdo o del sur, el dios de la guerra y el gobierno, protector de los mexicas en sus conquistas por todo el espacio geográfico del periodo posclásico. Huitzilopochtli ha sido representado con un yelmo de colibrí sobre la cabeza, en una mano una serpiente de turquesa, en la otra un escudo adornado con plumas y xiuhcóatl, la serpiente de fuego.

Huelga decir que durante la época de los mexicas, los colibríes eran vistos como la personificación de los guerreros muertos en el campo de batalla o en la roca de los sacrificios. De manera que, un joven guerrero –muerto- formaría parte de un cortejo que durante cuatro años acompañaría al fantástico Sol, su andar hacia la mitad del día, en todo su esplendor y, cayendo la tarde volverse a la tierra transformado en la diminuta ave de colores metálicos: jade, turquesa, amatista y rojo,  prácticamente adquiridos por la caricia del dios-sol.

Para algunos pobladores mexicas, el colibrí era el representante perfecto del hombre aguerrido, valiente, luchador. A pesar de su tamaño diminuto, el ave es fuerte y poderoso cuando vuela. Su finura y belleza atraparon la mirada de los pobladores quienes lo asumían un ave inmortal; además se creía que el sol anidaba en él para ir por las noches al romance con la Luna.

Tal vez de aquí se fue creyendo en que la avecilla o sus plumas fueran las emisarias perfectas para el amor, reconciliar las rupturas y amarrar los lazos existentes. Y es quizá la fragilidad y sutileza de no maltratar los pétalos de las flores, cuando adquiere el elíxir, que se fincó la idea del prodigioso ser para enamorar. Según las leyendas mayas, los dioses ya no tenían ni barro ni maíz para hacer a uno de los últimos animalitos voladores, de manera que tomaron una piedra de jade y de ella se desprendió una flecha sin más silbido que un ruido a ritmo de xts, el colibrí, y por sus aleteos presurosos, difícilmente se le atrapaba para tenerlo enjaulado, amén de que los dioses determinaron la muerte de quien osara su cautiverio.

Tanto en el libro del Chilam Balam de Chumayel como en el Popol Vuh, el colibrí es ponderado por su belleza, corta estancia entre las flores, pero profundo libar a su néctar, y la íntima relación con el astro Rey y con dioses mesoamericanos. En el libro del Chilam Balam se menciona a Pzimlitec, de los huesos verdes, al pie de la flor…”y el que es Eterno (el dios creador celeste) lo transformó en colibrí, y entonces chupó la miel de la flor, de la flor de los nueve pétalos, hasta lo más adentro de ella. Y entonces tomó por esposa a la flor vacía, y salió el espíritu de la flor a vagar.  Cuando se abrió el cáliz de esta flor, el Sol estaba dentro, y en medio de ella se leía su nombre. Y sucedió que suspiraron llenos de deseo los Trece dioses”

Suspirar por quien se ama, añora, anhela, adolece. Invocar al colibrí para que haga la ronda de amor, desde la petición del otro. ¿En qué momento el colibrí se estimó como amuleto para la atracción amorosa?  No he encontrado aún esa respuesta, pero es interesante revisar que en la época Virreinal el Santo Oficio consideró un acto de hechicería la acción de usar el colibrí cerca del corazón para atrapar, atraer, amarrar a la persona deseada.

El Santo Oficio condenó muchas prácticas amatorias hechas por hombres o mujeres, quienes en su afán por atraer el amor, brindaban bebidas, hacían trabajos ocultos, y una serie de conjuros y ensalmos destinados al Amor eterno.  En el Archivo General de la Nación,  el volumen 757 es extraordinariamente interesante no sólo por su contenido escrito, sobresale un colibrí, a manera de momia, próximo a cumplir 302 años. Ese tiempo en silencio cantando al amor, testimonio de su fuerza amatoria, capturado en los siglos de letras y papel amarillo. Su hermoso plumaje, de coloración metálica con diversos matices cambiantes, de rojo pasión, azul cobalto; el quebranto de su ser a lo largo de aproximadamente seis centímetros, mudo eterno de un Sol que guarda el temperamento del deseo, el aliento por atisbar entre las flores. Un colibrí en medio de procesos de la Inquisición novohispana, que antes de llegar a confundirse entre las fojas de un proceso terminó desangrando su magia en los favores pedidos por un hombre falto de cariño y descalabros en el juego. El texto habla por sí mismo, pero el colibrí trae a la memoria el recuerdo de ese chupamirto casi traslúcido, remedo de esa ave repulsa que llevó a los límites de un cuerpo necesitado de compañía, amor y suerte, la captura de la criatura.  El caso registrado el 30 de junio de 1715 da cuenta de que Fray José Guerra, de la ciudad de Zacatecas, se dirigió al Santo Oficio de la Inquisición contra Pedro Ramos, quien junto con otros mestizos acudió al cementerio a recolectar huesos de muerto, con la finalidad de tener suerte en el juego de las barajas. Según señaló Pedro, consultó a un indio sabio y éste le dijo que atrapara un huichichile, o colibrí para que le brindara suerte en las dos cosas: el juego y el amor. El colibrí lo usaría como amuleto para gozar de la simpatía de las mujeres. El colibrí permanece en el AGN en papel arrugado cubierto de una tela deshilachada y un trozo de madera, muestra de la superstición y hechicería practicada en tres ocasiones por Pedro Ramos.

Además del chupamirto, chupaflor, huichichile o colibrí, hay otros animales que se usaron en las triquiñuelas para atrapar al hombre o mujer amada, pero no hay rastro en el Ramo Inquisición más que de este colibrí habitante de los jardines zacatecanos. El uso del ave para solicitar la ligazón entre los novios, amantes, esposos, la ilícita amistad o el amancebamiento, se presenta en varios casos registrados por la Inquisición, ya que existían individuos “hechiceros”  quienes asumían  controlar las fuerzas sobrenaturales, hacer maleficios o bien ayudar a los desvalidos en el amor. Algunos individuos que practicaban la “magia” amatoria con el chupaflor fueron denunciados por vecinos, parientes o también existía la auto denuncia, de manera espontánea o recomendada por un confesor, mismo que se proponía como intermediario para presentarse formalmente ante el Santo Oficio.

En 1713, Matiana del Castillo se acusó por tener en su poder un chupamirto para atraer a los hombres; ese mismo año, Luis Hermenegildo denunció a una partera por decir “que tenía y daba unos parajitos para tener fortuna y para que los hombres quisieran a las mujeres”. Los colibríes como vínculo de atracción y hechizo morían a manos de hombres y mujeres desesperados por conseguir amor. A veces se acompañaba a las aves con huesos del cementerio, con sapos y, en caso de no tener chupamirto se recurría a lo que estaba a la mano como uñas, orines, moscas, etc. Las supersticiones de las personas fueron fincando la creencia en magia “ofrecida” por aves, animales rastreros, perros “prietos”, agua compuesta con hierbas, sugeridas por los hombres o mujeres “expertas” en esas artes amatorias.

El catálogo de Mujeres del ramo Inquisición, del Archivo General de la Nación, realizado por Adriana Rodríguez Delgado, presenta casos donde algunas mujeres realizaban prácticas para conseguir al amado. La desolación por la usencia del apreciable amor, condujo a Francisca Marín a “echar excremento a la masa de tortillas, con la finalidad de que los hombres se enamoraran de ciertas mujeres, según lo manifestó María de Reynosa al acusar a la susodicha” (AGN. volumen 746).

El colibrí dejó de ser el joven guerrero, la deidad de mágicos colores, para convertirse en una perversión de los afanosos por conquistar favores del amor a toda costa. El impulso libre y definido de su aleteo, embriagó entre sus giros a las flores, la necedad de algunos para darle verisimilitud a su creencia de traerlos junto al corazón, para que su voz hechicera cerca del oído de la amada o amado, hicieran efecto casi como cuerdas alrededor del cuerpo y se quedara con el portador del colibrí. Quienes atrapaban al colibrí se convertían en seres de perversas inclinaciones, con sus minúsculos deslices en el arte de amar, tal vez con un propósito de tener selectos momentos febriles, acercarse al deseo y consumar caprichos del querer. La fragilidad interior, cerca del corazón anidó a esa ave pequeña, confidente de los ánimos  del portador, aferrado a los terrenos del desequilibrio por la ausencia del otro.

Las astillas de hielo sobre un corazón vacío, hicieron recurrir a todo tipo de argucias amatorias, prácticas espirituales compartiendo lo supersticioso con la santidad, involucrados entre las sombras alargadas de la noche y las oraciones al alba para que él o la amada no desistieran en la permanencia de amar. Entre querubines y colibríes la fe de amar no se desvaneció por muchos siglos. Atrapar al colibrí fue acción desaforada frente al hombre o mujer amada, no importaba despojar las plumas secas, sin alma, sin vida, un pellejo seco de colibrí hacía de puerta al corazón, no importaba la ruina de Huitzilan, el respeto al ave deidad. Los oídos sordos a la retahíla de consejos para no atrapar al animalito, el estremecimiento de los inquisidores del Santo Oficio, y el hastío de una voz que pedía no sacrificar al ave, se fue fortaleciendo a través de los siglos, por las creencias de pedir al colibrí una promesa de amor, sostenida en la mano con la terquedad de aprisionarlo bajo los lienzos de quien lo atrapó o compró en las plazas.

El cautiverio del colibrí de Pedro Ramos, sus más de tres siglos de silencio al Amor, sobre pasaron la normativa de no practicar dicha acción supersticiosa, pero la historia tenía otra sorpresa para el reino de Huitzilan: descendiente de la tradición mesoamericana y virreinal, el mercado de Sonora resalta por su belleza y olores que despiden los puestos de flores y plantas tradicionales,  así como los contiguos puntos de venta de animales exóticos y comunes que sirven unas veces de remedio, otras de preventivos. En sus pasillos multicolores resaltan los cestos de flores de laurel, manojos de ruda fresca para curar los aires, las flores de jacaranda y el carbonato con manteca, y entre tantos olores, animales exóticos y velas con santos, aún se ve el chupamirto. Ese pajarillo americano que surca los cielos de Canadá, anida en México más de cincuenta especies y que se quedó tatuado en el suelo tostado por el sol: en el gigantesco trazo realizado por los nazcas de Perú, pende en la necedad de atraparlo y está puesto sobre la vitrina o arrimado a los amuletos de buena suerte, en ese mercado enclavado en la Merced Balbuena.

Se dice que en el amor y la guerra todo se vale, así como poner al chupaflor pegado al corazón, símbolo del amor por antonomasia, y su torrente de sangre emanado del mismo. Y en la metafórica idea de los corazones rotos, quebrados, abandonados y solitarios, el único para remediar la situación es el chupaflor. Comunidades indígenas de Querétaro aún recurren al tsut’udoni para entregarlo a la señorita que se corteja, el ave se envuelve en la blancura de un lienzo, seguido de un protocolo de listones, pieza pequeña de tela verde, para que el muchacho no pierda la  esperanza de consolidar el amor con la chica en cuestión y, sellar con un lienzo rojo en el momento de decretar el amor ganado, a través de la magia del colibrí. Es posible que se guarde la avecilla en algún sitio de la casa, o vaya a dar a la basura.

Convertido en un reducto de plumas o bien polvo de colibrí, así persiste la captura del ave, clasificado por los marchantes del mercado: rojo para el amor, el azul lo venden para conseguir paz y tranquilidad en el hogar y el amarillo hace el esfuerzo entre los desequilibrios económicos y auxilian los negocios roídos. Y si se inventan otros casos difíciles, las plumas naturales sufren metamorfosis a placer de las necesidades del mercado. Buscando la fusión entre las flores y el colibrí existe el perfume que reza en las instrucciones rociarlo luego del baño para obtener favores de amigos y posibles pretendientes o la consumación del matrimonio. Para mayor eficacia del conjuro de amor, es importante rezar padres nuestros y aves marías, y si se tiene al chupamirto en frasco de alcohol, pedir con fe lo solicitado.

Ese colibrí del AGN envuelto en letras de historia, no regresará al corazón de nadie más, su final puede cambiar, no más cautiverio del ave-deidad, solo palabras en honor al amor vuelto poema de conocidos o simples adoradores del colibrí. Huitzilan se poblará.

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