Jue. Oct 28th, 2021

La Concha de San Sebastián se transmutó en el Malecón de La Habana, en una jornada pasada por agua y repleta de emociones

El día amaneció con La Concha de San Sebastián transmutándose en el Malecón de La Habana. Parecía que los zuritos se cambiaban por tragos de ron añejo y los músicos del festival hablaban raro, «¡Asere, qué bola!». Jornada grande para acoger la diáspora jazzística cubana, encabezada por Chucho Valdés, premiado con el Donostiako Jazzaldia 18 años después de que su padre, Bebo Valdés, lo recibiera de manos del director del festival, Miguel Martín. También desembarcaron el pianista Gonzalito Rubalcaba y la cantante Aymée Nuviola, más ese mañana luminoso y moreno que representa el saxofonista Ariel Brínguez. Pero… ¡zas! en esto llegó la lluvia, el sirimiri o «calabobos», recordándonos que estábamos en suelo donostiarra. ¡Ah, y de patria y vida o patria o muerte, ni hablamos! Silencio.

La velada en la plaza de La Trinidad estuvo pasada por agua, desde el inicio hasta el final. Y como siempre el respetable aguantó estoicamente sin moverse de sus asientos, enfundándose los chubasqueros y aguantando el goteo persistente. Arrancó la «gozadera» Rubalcaba, con una improvisación a piano solo que fue de lo mejorcito de la noche, por exuberancia pianística, frescura en las ideas, audacia en el fraseo y profundidad en el lenguaje. Luego llamó a su amiga de la infancia Aymée Nuviola, de la que dijo sabía cantar todas las canciones… menos las del jazz, puntualizamos nosotros. Con alegría y picardía cubana se enfrentó a algunos clásicos de su biografía, desde el Bésame mucho al Lágrimas negras, luciendo una voz poderosa y un control mayor en la relación público-artista. Esta mujer se las sabe todas, y tiene gracia.

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