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Cultura

El hilo conductor de la inseguridad

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Uno de los delitos más frecuentes en la Nueva España durante sus tres siglos fue el robo en las plazas, calles, esquinas, en las casas y a toda hora del día, pero era más frecuente por la noche, cuando ni la luna daba un poco de reflejo en los charcos de mayo a septiembre, ni cuando a lo lejos se avistaba el sereno. La inseguridad estaba en la ciudad y en los caminos, el robo, el salteamiento, los salteadores de bardas, los que cargaban con los críos ajenos, etc.

En algunos momentos se sabía “de oídas” acerca de los robos en la noche, por ejemplo, el sábado 24 de abril de 1683 le robaron sus pertenencias a Juan de Zavala, lo amarraron a él y a sus acompañantes, lo despojaron de todas sus pertenencias y se perdieron entre las sombras de la ciudad. Esa misma noche el Colegio de San Gregorio sufrió pérdidas materiales pues entraron 3 ladrones a robar y se marcharon sin dejar huella, aunque un vecino con insomnio se fijó en los tres que saltaron las bardas. En su andar por las callejuelas de la ciudad el padre procurador, un tal Lozada sintió sin más un golpe en la cabeza al asomarse a su ventana, un carabinazo lo volvió a la cama con dolor y sin ganas de acercar la nariz para mirar a los que pasaban frente a su ventana.

En el mismo año de 1683, 10 de mayo, un hombre de 21 años fue ahorcado y duró ahí todo el día para morbo de los que pasaron por la plaza de la ciudad. Meses atrás se supo que en el convento de Santa Catalina de Sena una religiosa aguerrida atrapó a un negro y lo llevó a la Cárcel de la Corte. No sabemos si por justica o por aburrimiento, pero los documentos de lo criminal dan cuenta en el Archivo General de la Nación, de muchos sucesos de robo en las casas, y aunque se quejaron, difícilmente daban con sus prendas robadas, con los que robaron y algunos tuvieron final de ahorcados y puestos en público a manera de que nadie hiciera semejante delito.

Algunos robaban pan, ropa, animales como gatos (para comer), mulas, burros, etc. Pero otros más se arriesgaban a robar en las iglesias porque apostaban en los juegos prohibidos como: naipes, dados, billar, etc., y la paga era elevada, así que las iglesias tenían oro y plata en los elementos eclesiásticos, el ajuar, las joyas de vírgenes y santos, y en una que otra moneda depositada por los fieles. El 2 de junio de 1686 la Catedral fue asaltada en su capilla de San Miguel, en la vidriera del Santo Milagro, donde extrajeron las joyas, en el altar del Perdón.

Gente pedía la limosna en atrios y calles, pero los que robaban era generalmente porque carecían de trabajo o no les gustaba trabajar. Tenemos en los documentos que muchos pertenecían a las famosas castas, a la gente del vulgo sin embargo había quien pertenecía a familia acomodada y se daba el gusto de organizar gavillas de salteadores de caminos, con el fin de amasar su fortuna y sin ningún esfuerzo de agregarse al trabajo de la familia o bien buscar otros horizontes.

El caso de Antonio de Souza, caballero del hábito de la Orden de Cristo con frecuencia asaltó a los viajeros de los rumbos de Cuautitlán, quitó caballos, carros y literas, así como metales en barras, mercaderías distintas y el gran susto a los conductores de las bestias y a quienes eran gente de bien, la llamada decente. Este caballerito de la orden de Cristo fue arrestado cerca de San Cosme porque se robó 7 mulas cargadas de plata, pero en el trajín fue atrapado por los alcaldes y llevado a la Cárcel. El padre de este mozuelo intentó sacarlo de la cárcel, bajo los manteles ofreció dinero, dádivas, rezos, lo que fuera con tal de ver a su hijito fuera de las rejas.

Ningún personaje de la Real Sala hizo caso al padre de Souza, no aceptaron nada de oro ni plata. Entonces el padre de Antonio ideó un plan: llamó a un grupo de seguidores de su hijo, por los rumbos de San Lázaro y les ordenó incendiar la Cárcel, mientras intentaron sofocar el fuego, ellos mismos sacarían a Toño del incendio.

Antes de cometer semejante acto, alguien corrió a informar al alcalde del barrio, Simón Ibáñez del acontecimiento. El alcalde fue a buscar a los individuos y entre alguaciles y corchetes arrestaron a los contratados por Souza. Según manifestaron los alcaldes se daría castigo ejemplar a Antonio de Souza, una reprimenda al padre, por acariciar los gustos del hijo. La gente del pueblo clamaba ver el cadáver de Antonio, se pidió justicia en los barrios, ante el acontecimiento se anunció que sería desterrado a la Nueva Galicia, junto con sus cómplices, pero a manera de cuento, le dieron una pócima para que pareciera muerto.

El padre de Antonio se fue consumiendo en el supuesto martirio por su hijo, en la soledad de un hombre que solapa a su querido hijito, tal vez de 17 años, pero también se rumoró que en realidad la pócima condujo a Antonio al barco que lo llevó a vivir a placer en Madrid, mientras sus fechorías ya solo quedaban en el recuerdo diluido de la gente del pueblo.

El robo, el salteamiento de bardas, los asaltos en los caminos tienen una larga trayectoria desde el siglo XVI, los documentos de lo criminal dan cuenta de la impunidad, la tranza, el consentir a los delincuentes, y sobre todo a ir dejando sobre la mesa una serie de delitos donde se piensan ya como propios, luego de tantos hilos de historia convertidos en madejas desordenadas.

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