El Marqués de Villena

Felipe IV nombró virrey de la Nueva España al marqués de Villena, era el año 1640, y don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Marqués de Villena salió de su terruño el de marzo para tierras nuevas. Pero antes de partir realizó su testamento, como Príncipe cristiano, en unión con tres frailes franciscanos, disfrutó su casa, a su familia, los criados, y luego marchó a sus lugares favoritos con un regalo jugoso de cien acémilas de repostería, cien mulas de silla, ocho coches de cámara y dos literas para reposar su figura de príncipe.

Y esto con el sabido recelo que tal vez durante la trayectoria pudiese enfrentar a la muerte, y esto antes de pasar, tenía que lucir a su familia y repartirles casa. De pueblo en pueblo viajaron y las personas les ofrecían los mejores manjares, las mejores camas, aún con colchón y almohadones de plumas. En Toledo fue recibido con júbilo y le ofrecieron coches y caballos para continuar el viaje. No sin antes dar un festín al paladar y escuchar música alegre y festiva.

Se sabe que el marqués de Villena viajó a la Torre de San Juan Abad, allí se hospedó y consagró la charla más amena con Francisco de Quevedo, señor de la villa, donde se mostraron grandes afectos a la familia y a Diego.

Según el sentir del marqués de Villena, prefería alojarse en los incómodos mesones de otros pueblos, antes que hacer gastar a la gente que lo aclamaba con tanto amor, por ejemplo, negó quedarse en las casas obispales de Córdoba, España, y se alojó con los frailes descalzos del convento de San Francisco.

Luego de despedirse de su terruño y de lugares queridos por Diego, marchó a Lebrija, su destino era desconocido, pero confiaba en llegar sano y salvo a tierras puras; con el reconocimiento de la gente, la veneración a su presencia, y el viaje con sus compañeros Juan de Palafox y Mendoza, la vida en el mar se percibía tranquila. El puerto de Santa María lo vio partir junto con su familia, en diferentes naves, pero con el mismo rumbo. Un cargamento con dos mil gallinas, doce terneras, doscientos carneros, cajas de dulces, pipotes, almibares, bizcochos, jamón, arroz, fideo, lentejas, castañas, garbanzos, vino y pastas, todo para cubrir el honroso viaje.

El viaje duró más de dos meses y medio, entre tempestades y tranquilidad de los viajeros. Enfermos, moribundos, desolados y desamparados por el mal clima, pero a veces en gran regocijo con la vida y el porvenir, para celebrar el 3 de mayo, la santa cruz, el corpus, celebrar misa con Palafox, cantar, hacer la procesión y hacer del canto majestad con chirimías, sacabuches y trompetas.

Pero nada de su vieja casa, ni del viaje se comparó con la llegada a tierra y de allí a la travesía para pisar la Puebla de los Ángeles, donde la muchedumbre salió a recibirlo con tanto amor, honor y piropos, que Villena bajó de su caballo para saludar de cerca a los poblanos. Azoteas, ventanas y balcones se pintaron de vivos colores y palabras afectivas. Arcos de triunfo, los fuegos artificiales, carros alegóricos, mascaradas, la fiesta brava, todo en honor al marqués de Villena.

Jubiloso se marchó Diego a Cholula, donde los frailes de san Francisco le presentaron comedias religiosas, comió y bebió a placer los platillos del lugar, para seguir la ruta a Otumba, en el lugar lo esperaba el marqués de Cadereyta, con quien siguió el viaje hasta la ciudad de los palacios. Vida de príncipe para el marqués, aún que él se negó a la ostentación.

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