Acercándose a la plaza de Santo Domingo en la ciudad de México hay muros que encierran los fuegos del Santo Oficio de la Inquisición. Con la idea cautivar y hacer chicharrón a los herejes, nulos además en estas tierras, pero a fuerza de tener algún evento público se construía la falta en la oveja descarriada de Dios. La libertad entonces no se sabía ni entendía, pocos y menos en el caso de ser fémina podían expresar sus ideas abiertamente. Algunos autores de libros sagrados o profanos necesitaban pasar penurias, angustias, dobles ciegos, licencias para que pudieran publicar unas cuantas hojitas. La “libertad” de la tinta corría por las gavetas y muros de las celdas, los claustros, las palabras quedaban emparedadas, las que acaso coqueteaban con el exterior eran pisoteadas por el mundo moral, literario y político.

Dentro de ciertos monasterios, las elecciones de prelados, religiosas para ciertos cargos, guardines en los conventos y monasterios, respectivamente, la gente parecía insurrecta entre las altas murallas, la soberbia, envidia y odio entre sí trastocaba los sayales frailunos, bajo las tocas hervía la intriga.

El odio se retorcía entre los criollos, los gachupines, los españoles advenedizos, a pesar de encontrarse en la misma línea de su ascendencia, cada uno luchaba por su sabiduría, el estatus de la religión, el talento, la vida austera y la observación ferviente en sus credos y costumbres. Se colaron entre las escaleras, los jardines y las fuentes la discordia entre los dos grupos. Entonces fue necesario establecer Reales Cédulas, Letras apostólicas que reformaran las elecciones, establecer que cada tres o cuatro años primero tomaran los cargos los gachupines y criollos, y otros cuatro para los españoles. Según el Marqués de Mancera, esto se pudo arreglar ciertos tiempos, pero volvían la rebatinga cada vez que había elecciones dentro de los conventos y monasterios.

Los mestizos y los indígenas muchas veces no se enteraban de lo que ocurría en los conventos, por las altas y gruesas bardas, pero alguno que otro trepador observó los motines, golpes, insultos entre las monjas, los frailes, entre los grupos de españoles y los criollos o gachupines. Según las fuentes documentales del Archivo General de la Nación (AGN) en 1625 los religiosos del convento de la Merced debían elegir el provincial de su Orden, sin embargo, no llegaron a conciliar y comenzaron con las injurias, el juego de manos y de ahí llegó el motín. En el Motín “de la razón”, fue un desfile de cuchillos y navajas, de heridos en la refriega, tomados del cuellos y empuñadura dura, fue necesario el arribo de los guardias para sofocar el evento.

La idea de la Reelección comenzó sus primeros brotes en el Convento de la Concepción, cuando la elección de su abadesa. Luego del llamado de la campana las monjas se reunían en el coro o bien en la sala capitular. Pasaban la vicaria, secretaria, maestra de novicias, las porteras, provisoras, sacristanas, enfermeras, celadoras y la servidumbre que no poseía cargo digno. La Abadesa que estaba a punto de salir del cargo decidió nombrarse otra vez en el puesto o bien la favorita de la señora abadesa tomara el asiento. El resto de las monjas decidieron nombrar a otra mujer, y si la anterior y consentida se oponían, entonces: las matarían, al ignorar las palabras, se fueron las religiosas sobre la vieja abadesa, sus amigas en turno y el motín ya empezaba a tornarse carmín. Fue necesaria la intervención del Arzobispo.

Los acuerdos para tomar postura dentro de monasterios y conventos, pasó a lugares libres unos siglos más tarde. Donde también los calderos de liberales y conservadores eran movidos por la insistencia del diablo. O por los menos eso decía la chusma del siglo XVIII: a la gente se le mete el diablo y hace cosas indebidas.

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