Lacrimosa o el eterno cliché de ser darks

Llevo aproximadamente 15 años escuchando a Lacrimosa, ya sé que en términos de una vida puede resultar poco, pero es lo que tengo, ni modo.

Recuerdo que me introduje a este ritmo nuevo con el disco “Echos” (2003) y para ser más específico, con la canción “Durch nacht und flut”, la cual contiene, al final, una parte cantada en español.

Desde ahí empezó el periplo de conocer una tras otra banda para poder complementar y saciar una sed que se tiene cuando uno es joven. Actualmente, las energías son limitadas y se ocupan para lo seguro; nunca pierdo más de 20 minutos en alguna obra que no me atrape.

Uno empieza escuchando la música llamada obscura y se maravilla del mundo que la rodea. La vestimenta es el rasgo que sobresale por obvias razones: el negro reglamentario y algún peinado curioso a veces.

Pero quiero centrarme en la personalidad que he visto que se adopta por el simple hecho de escuchar cierto género musical; lo cual, mientras sigues añadiendo años de vida, no importa para nada.

Hace algún tiempo un compañero de la escuela me puso el vídeo “Hola, soy darks” en el cual sale una persona que se hace llamar La Elvira  y asegura de forma vehemente ser darks  y continúa con una serie de descripciones que forman parte del ideario colectivo acerca de esta tribu urbana.

Al verlo, fue muy interesante para mí poder reconocer la canción que sonaba de fondo y la cual me gusta demasiado, ya que la identificación del yo resulta ser un proceso que empieza con el otro.

Aunado a esto, hace no mucho, La Elvira, participó en la campaña publicitaria de la serie original de Netflix, Dark; solidificando el éxito que tuvo su vídeo en la cultura popular.

 

Esto me hizo pensar en los símbolos y clichés dentro del género y qué tanto dan respuestas válidas a las personas ajenas y que empiezan a ser bombardeadas dentro de su ambiente.

Al ya no ser ese adolescente que se aprendía las canciones Lacrimosa en alemán y pretendía sentirse un poco original (parte del proceso natural, así como con el tiempo dejarlo de lado para convertirse en autocrítico) puedo mirar con cierto aire de conciencia en lo que se ha convertido lo que fue una parte importante de mi desarrollo.

Nunca me vestí de negro, usé botas o me pinté la cara. No niego que algunas veces lo deseé, pero el deseo nunca pasó al terreno de la acción y así, se desvaneció paulatinamente.

La mayoría de las personas con las que llegué a hablar en su momento de música obscura coincidía que Lacrimosa era la puerta de entrada para otras bandas, así que llegue a conocer al tan aclamado Sopor Aeternus and The Ensemble of the Shadows, Crematory, Theatre of Tragedy, Tristania, Nightwish, Moonspell, entre mucho más.

Este sentido de conocer mucho de una sola cosa, otorga una sensación de confianza en crear una identificación y reafirmación con la persona que se ve al espejo. Todo esto, claro, sin llegar a niveles patológicos.

¿Qué quiero decir con niveles patológicos? El cambio es necesario para todo ser vivo. La adaptación es un proceso obligatorio si es que se pretende seguir subsistiendo. Considero que un rasgo que aleja de una dinámica social aceptable, es la preservación exacerbada de los amores de la juventud. He conocido a uno que otro adulto que aún contiene la obsesión por Lacrimosa y varias bandas que han muerto una a una, a causa de su falta de cambio ante un mundo agresivamente escurridizo.

Con esto, no hablo de traición al género que me dio muchas horas de enajenación y que aportó algún que otro conocimiento que ayuda a la vida diaria, sólo hablo de los procesos y ciclos que toda existencia tiene.

Es cierto que la obsesión lleva, algunas veces, a ser un hacedor de aquello que nos nubla la mente: amantes del gótico que han formado bandas o escrito libros; pero seamos sinceros, son los pocos.

 

Al repasar la historia de Lacrimosa y ver la cantidad de discos que tiene, sé que llegué tarde a conocerlos, aunque no mucho. Los maravillosos discos de Elodia (1999) y Fassade (2001) sólo están unos pasos detrás de mi iniciación con Echos. El primer disco, Angst (1991), (sin contar el primer cassette “Clamor”) resulta ser una joya para personalidades que buscan amortiguar el reverberante sonido que es la existencia temprana.

El mundo ha cambiado mucho desde esos tiempos de 2004 y ahora veo en el Tanguis del Chopo un grupo ecléctico que me parece más agradable. Hoy, que el disco físico ha muerto, las líneas de género se están borrando y las canciones se vuelven cada vez más ligeras. El último disco lanzado por Tilo Wolff y Anne Nurmi, Testimonium (2017), es una clara muestra de eso.

Ya no sé lo que piensan los jóvenes respecto a todo esto, no estoy en contacto con ninguno de ellos, pero veo las redes y las producciones musicales cada vez más ralas y agradezco haber podido ser parte, al menos por poco tiempo, de la época del fondo más que la forma. Y con esto, no trato de generalizar, sólo afirmo que para encontrar algo realmente clavado, hay que esforzarse más de lo que yo lo hice en su momento.

Tener, actualmente, parodias de absolutamente todo, ayuda a evadir, si así lo quieres, los elementos importantes que nos rodean. Ya lo decía Freud al estudiar el chiste y su función: nos ayuda a aligerar el dolor y poder sobrellevar la vida.

Mientras vemos como todo avanza de manera tan acelerada, siempre se disfruta poder decir soy darks. Estar navegando por Netflix y ver que la película que en su momento era de nicho, ahora está al alcance de todos,  confirma que todos somos, a mucho orgullo, Children of the dark.

 

 

 

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