Algunas ciudades del mundo se enfrentan con dos cuestiones difíciles: la de proporcionar un transporte público rápido, eficaz, seguro y económico a la mayoría de su numerosa población y, simultáneamente, la de resolver o paliar los grandes problemas ligados al transporte, congestión en las horas pico, ajetreo, angustia por llegar a tiempo al trabajo, crisis nerviosas, apuraciones en el andar, etc.

En contra de lo que se cree, estos problemas no son nuevos, ni siquiera recientes. Desde hace más 45 años, los usuarios del metro viven de manera veloz la cotidianeidad de la gran ciudad. Esta que es un organismo vivo muy complejo en el que la problemática del transporte se imbrica con otros problemas  y hace difícil la solución parcial de comodidad, certeza en el traslado, entre otros.  El Metro es sin embargo, uno de los transportes que se ha convertido en lo obligado, lo práctico, dinámico y necesario en la vida de los capitalinos y los visitantes.

De manera que el metro en la ciudad de México ya no es algo circunstancial, es un componente esencial de la vida cotidiana. Los problemas que se viven en él, así como disfrutar de algunas ventajas, tiene una dimensión distinta a la que tuvieron en otros tiempos. El metro se presenta como una actividad con problemas técnicos, económicos, ecológicos, sociales y políticos sumamente importantes y, lo que es más característico, íntimamente interconectados. El deterioro lo provoca el propio usuario al aplastar los chicles en sus puertas, afectando no solo el menoscabo de los mismos, sino provocando el que se pegue en otros usuarios y se convierta en algo enfadoso y molesto. Muchas de las vías son utilizadas a manera de “escupitinas”, sí, como esas del siglo XIX, y basureros en descenso en esas partes de las escaleras eléctricas, que sirven como depósitos de basura orgánica e inorgánica.

El transporte ha dejado de ser un tema de interés exclusivo de los especialistas, para convertirse en una cuestión de interés social, y, con mayor énfasis el metro naranja de México. La gran cantidad de tiempo que a diario se consume en viajar, el coste económico del mismo, las incomodidades y los accidentes; la contaminación ambiental, las dificultades derivadas del creciente desempleo, traducido en esa manera tan especial de vender, cantar, gritar, intimidar en los vagones del metro, lo hacen un transporte implícito en los usuarios permanentes,  millones al día. Casi usuarios vitalicios del mismo.

Se vive en el metro el aprovisionamiento cotidiano por las deficiencias en accesibilidad, sobre todo en horas pico; aumentos sorpresivos en su coste. Dificultades para compartir entre viajeros que son todos diversos, y que en ese afán de encontrar un lugar, se codean los invidentes reales con los ficticios; los cantantes con los faquires; las vendedoras de manualitos con los que ofertan las primicias para arreglar el rostro, los brazos y el cabello. Música de fondo en vivo o para aparato móvil. Chicles, galletas, cereales, pastas dentales, semillas, gelatinas, muéganos, papas, y un largo etcétera en la empresa cotidiana de los ambulantes, vuelven compradores cotidianos a los usuarios del metro.

El metro igual que la sanidad, la enseñanza o la vivienda, son tema ineludible de la vida política- social y, como ello, resulta a veces sumamente conflictivo. Las horas pico en las grandes ciudades crean a los administradores del transporte urbano problemas irresolubles, y  a los usuarios inconvenientes difíciles de soportar. Para muchos, los vendedores en el metro son parte de la dinámica, el encuentro oportuno para comprar esa lámpara de mano necesaria, las medias nylon para mujeres desesperadas; a muchos enfada el vendedor que se afana en poner sobre las piernas el artículo innecesario que desea vender; no menos lastimoso resulta el grito con la imagen agresiva del que regresa de la cárcel para robar de manera “sana” agrediendo con el verbo y los modales para quitar la moneda a los usuarios del metro. Ignorado se ve el vendedor de libros de auto ayuda, los predicadores, los vendedores de pomadas y pócimas mágicas o curativas; los payasos y cirqueros efímeros, y un sinfín de personas que a tanto de verlas se convierten en habitantes del metro.

Pero hay incomodidades en las primeras horas de la mañana, la gente se comprime en los vagones, se atrapa, aprieta y lastima en ese asunto de subir a fuerza, y de no hallar solución a 48 años ya, de su instalación. Muchos usuarios de los primeros días de su inauguración siguen viajando en el metro y ven el deterioro en sus vagones, en las escaleras, estaciones, andenes y otras minucias que empobrecen la imagen del mismo.

Sin embargo, el Metro resulta el transporte barato, en lo que cabe, veloz, junto a la regularidad y la fiabilidad que se traduce en un ahorro de tiempo, objetivo sumamente importante en múltiples tipos de viaje, por ejemplo, los desplazamientos diarios al trabajo, pero también el viaje por razón de negocios  o placer. La calidad del servicio no es la más eficiente, pero comparada con otro transporte urbano, da algo de seguridad, comodidad a ciertas horas del día, etc., y esto, evidentemente son  factores que pueden decidir el viajar constantemente en él.

Pero algo que no ha cambiado es los 48 años, es el arribo de las Bellas del Metro. Esas mujeres que han hecho del viaje un lugar especial donde pueden arreglar el peinado, los ojos, los labios, las prendas, zapatos e inclusive las medias. Los primeros vagones son, en teoría, utilizados por ellas y los críos. Aunque sabemos del abuso de ciertos “caballeros” necios en subir a la exclusiva zona de mujeres. A las 6 de la mañana están impacientes para arribar de manera escandalosa, a empujones, pisotones, maltrato entre las mismas. Se notan algunas horquillas para poder dibujar sobre los rostros aún somnolientos, el matiz que presentarán en la escuela o el trabajo; se notan algunos tatuajes que parecen salirse de la piel. El ruido del fondo es un eco de  música y el rumor de algunas vocecitas comadronas hablando de los “otros”, de comida o simplemente riendo entre sí, sabrá Dios de qué temas.

Los vagones huelen a perfumes, comida llevada de casa o comprada en las cercanías del metro, las bellas saborean, relamen el desayuno improvisado; otras más preparan tubos, brochas, maquillaje para transformarse en esa fragilidad de belleza acompañada de labiales frambuesa, arándanos y melocotón. Los espejos sirven para reafirmar el arqueo de cejas perdona vidas, fruncen el ceño mientras determinan el estado final de la obra. Se miran también mujeres “limpias” de maquillaje, despreocupadas de la frivolidad ajena; hay huesudas caderonas con semblantes  sin expresión, otras que denotan estado de mansedumbre y sufrimiento.

En otros momentos las charlas flotan en el aire como lenguas de humo transparente en cada tramo de estación, hay palabras de aliento y de chantaje. Miradas que se fijan en los celulares husmeando una y otra vez la comunicación a veces, inexistente o bien, las muestras  comunicativas con familia o amistades. Los vagones de las bellas son ocasionalmente imágenes sin sonido, donde solo despliega una estela de manifestaciones insípidas. Algunas señas denotan ser presas de ansiedad manifiesta entrelazando los dedos, moviendo los ojos, evitando cruzar la mirada con esa, o esas otras féminas viajeras constantes, visibles, reconocidas entre ellas mismas a fuerza de viajar en el mismo instante.

Viajar en la misma dirección, en donde el sudor de los dedos se deja plasmado en los tubos plata del metro; donde las mujeres encienden las mejillas con el carmín que vuela en los frecuentes sobresaltos del viaje; ese espacio compartido donde la vida hace palanca,  despliegue de ánimo, alegría y júbilo contrastante con el cansancio y la dejadez.

Se percibe cierta alteración de la vida cotidiana. Esta ve afectada por la mecanización y planeación exagerada, se advierte la pérdida de espontaneidad y de diversidad en los estilos de vida. Tantas líneas del metro, tantos días y minutos y coinciden las mujeres en la muestra de ser ellas mismas. En la prisa de llegar al destino conocido o no; de abrazar con fuerza sus pertenencias, cuidar hijos, dejar bendiciones a sus hermanas o amigas.

Encontrarse en la misma hora, esa línea del metro que marca de estación en estación el descenso de las bellas. Ese espacio donde frecuentemente se vive la mecanización en las relaciones personales, cada vez menos frecuente el encuentro cara a cara. Es tan grande la ciudad, y la comunicación ya no requiere siquiera de la voz, mucho menos de compartir un mismo espacio y un mismo tiempo. Sin embargo, hay ciertos gestos, cierta solidaridad a la hora de entablar algún tipo de afecto, comunicación o ayuda entre los viajeros del gusano naranja. Al final el sentimiento de estar en las entrañas de la ciudad y su fragilidad al ser demolidos por el sobre peso o los sismos tan presentes en la fisonomía de la Ciudad de México o del apretón de bolsillos anquilosados y la zozobra de vivir solo por hoy. Dejar el lugar a quien lo necesita, enfadarse porque una o uno más no lo ofrece de manera directa. A pesar de que la comunidad se va deteriorando, de que las prisas contribuyen a la falta de comunicación y a la pérdida de reconocerse como  “usuarios constantes”, permea en los viajes diarios del metro, un halo de viaje compartido, aunque sea apachurrado, aún con todo se puede vivir.

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