El pasado 24 de mayo, el diario, El Universal, publicó la nota sobre el suicidio de una joven pediatra llamada Zyanya Figueroa. El título de la nota se centraba en que si la causa de la muerte tuvo móviles por el acoso sufrido dentro del hospital donde trabajaba.

Lo que pretendo abordar de esta nota, es el elemento que vino con la muerte de la joven: una carta póstuma. Las autoridades del hospital aseguraron esto:

“El texto no hace señalamiento de maltrato u hostigamiento laboral, pero nos hemos dado a la tarea de generar reuniones con el personal becario, en un afán de iniciar una investigación que esclarezca el hecho de si existe acoso laboral de una o varias personas y ejecutar acciones para que este tipo de casos no se repitan.”

El suicidio desde siempre ha sido un tema complejo. Levantar la mano contra uno mismo resulta ser el acto que mayor curiosidad puede causar, ya que, camina en contra de lo más básico de la naturaleza humana: existir.

Razones para esta decisión puede haber muchas. Existen desde las que se planean meticulosamente, dando un orden a lo que van a dejar atrás; hasta las muertes impulsivas que son producto de un estado de ánimo que sobrepasa a la persona de manera inmediata.

Al ya tener en mente querer desistir, las maneras para lograrlo, pueden ser infinitas. De hecho, en 1993, el escritor japonés Wataru Tsurumi, publicó su “Manual completo del suicidio”, el cual es una guía bastante clara de las formas para poder consumar el acto y el grado de dolor que puede causar cada una.

 

Pero, a veces, en la forma está el fondo, y al decidir la manera de perecer, se exhibe una parte de nuestra personalidad y nuestros deseos. En “El don y la palabra. Un estudio socioantropológico de los mensajes póstumos del suicida”, se nos presenta esta situación y se explica que las circunstancias que se eligen no son al azar y pertenece al entorno: el suicidio es social.

Ya Durkheim (sociólogo francés) había clasificado el suicidio en tres categorías: egoísta, altruista y anómico. Sin embargo, el trabajo de Víctor Gómez Patiño y Wendy Nicolasa Vega, profundiza más allá y nos habla de las cartas póstumas. Un escrito siempre requiere de la ordenanza de las ideas y, con esto en mente, al dejar una carta, el suicida aborda de manera consciente las motivaciones de su propio asesinato y las racionaliza.

Horas después de la primera noticia, el diario publicó un artículo donde indaga sobre el pasado de la joven Zyanya y sus relaciones en el ámbito laboral. En él, hablan sus compañeras de trabajo y se empieza a dibujar, desde la intersubjetividad, una forma que sólo alimenta el morbo y crea la pregunta cliché ¿por qué lo habrá hecho?

La construcción de relaciones y logros es esencial para el desarrollo sano en cualquier persona. El acoso coarta esta libre creación de personalidad y la hunde en un tormento del que a veces no se puede salir. Dentro del artículo de El Universal, se dieron a conocer frases que contenían la carta de la víctima: “me da pánico estar frente a un paciente” y “soy un fracaso”.  Si bien, no se ha afirmado en ningún momento el acoso, el simple hecho de subrayarlo como motivo pone de relieve la importancia de cómo nos desenvolvemos en el mundo y cómo el mundo se desenvuelve ante nosotros.

Como ya se había comentado, a veces en la forma se encuentra parte del contenido y en el caso de la joven, la manera que eligió fue la asfixia mecánica, es decir, aquella que impide la ventilación pulmonar. Françoise Dolto, psicoanalista francesa, comenta que el primer pulso de vida se encuentra en el aparato respiratorio  y al ahorcarnos, retornamos a ese primer pulso.

El ahorcamiento tiene, de manera tradicional, una carga sobre las personas que sobrellevan culpas o ignominias. Se tiene el caso de Judas dentro de la historia con Jesús y a Yocasta, en la mitología griega. Por otro lado, al ser una manera rápida y económica de quitarse la vida, la asfixia resulta ser uno de los métodos más utilizados.

Ante estas representaciones que contiene la idea de asfixia, no resulta tan extraño que una persona que siente una insuficiencia en su ser pueda elegir esta forma, anteponiéndola al veneno o el disparo de un arma, por ejemplo.

El mensaje póstumo busca, en todas las veces, generar una impresión a quien lo vaya a leer y ejercer, en ciertos casos, elementos de culpa o responsabilidad hacia quien se puede considerar los orilló a esa elección. La idealización suicida de que con la muerte se eliminarán todos los dolores y problemas, lleva a romantizar esta acción que, si la vemos de manera fría, es un camino hacia la nada, no a la tranquilidad.

Encontrar la verdadera causa nunca va a ser suficiente para poder comprender la decisión. El camino de la razón tiene reglas que  yo, frente de este monitor, no pretendo descifrar. Lo único que queda es brindarle nuestro respeto a Zyanya y a todas las personas que cerraron los ojos voluntariamente.

RIP

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