No se sabe con certeza dónde y quiénes crearon por primera vez los bordados para cubrir y embellecer el cuerpo. A través de las imágenes y vestigios arqueológicos, se ha podido constatar que en otros tiempos se confeccionaba un bosquejo sobre lino, cortando parte del material y cosiendo luego el borde con una puntada de presilla, a esto se le conoce como calado. Por otro lado se sacaba la hebra de la tela, a manera de bastilla y luego se llenaba el espacio vacío para formar un diseño que, lleva por nombre: vainica o deshilado. Al combinar ambas técnicas se obtuvo como resultado un tipo de red que adorna cuellos, puños y ropa interior conocido como encaje.

Esta labor ha sido atribuida, durante siglos, a las delicadas manos femeninas que han tejido preciosos encajes, livianos y delicados como sutil manto de niebla. Además de trazar, cortar, remendar, bordar en blanco, sobre telas y metales, las mujeres han puesto la aguja entre sus dedos para crear su propio ajuar, manteles bordados, sobrecamas, cojines, pañuelos y, próximas al matrimonio, las mantillas para los recién nacidos. No importa vivir de manera modesta o pertenecer a familia encumbrada, la belleza de la indumentaria pone la mira en el fino encaje elaborado por las féminas.

Durante el siglo XIV en las cortes de Flandes, Francia e Inglaterra ya se usaban los encajes. Y se tiene noticia de que en el Medio Oriente, en siglos anteriores, había tejidos finos como las muselinas, gasas y mallas. Gracias a las relaciones comerciales entre los países orientales y Europa se vio favorecida la expansión en el diseño y en la elaboración de los mismos, así como el sello personal que ponía cada mano artesanal. En Venecia, a lo largo del siglo XVI, se elaboraron encajes denominados reticello, hecho a base de cuadros repetidos, de cada uno de ellos se sacaban algunas hebras de hilo del tejido base y, posteriormente, se rellenaba el cuadrado con puntadas hasta rematar en la presilla, entrelazadas en formas caprichosas formaban diminutos y encantadores trazos.

Pronto, en casi toda Europa, las mujeres de diferentes clases sociales dedicaron parte de su tiempo a elaborar encajes; combinaron las actividades de lectura, canto y rezo, con la fascinación por lucir los mejores de ellos en las fiestas y días especiales. Las encajeras ideaban sin cesar novedosas variaciones y formas en cada detalle de los encajes. De las propuestas emergieron el punto grueso del cual sobresalió el relieve floral y animal; el encaje Rosalina, adjudicado a las encajeras venecianas, con un sello de fineza y fragilidad e inconfundible por las hebras que unen las florecitas en forma de rosa.

Algunos artistas del Rococó, Neoclásico y Gótico lograron plasmar en sus obras el diseño de los encajes en los filos de vestidos, puños, cuellos caídos, tan de moda por aquellos tiempos, en los volantes de la parte superior de las botas, en cada espacio preciso para lucir galantes la indumentaria de las damas y los caballeros. La fascinación por los encajes fue más allá de lo cotidiano, llevó a Luis XIV, el Rey Sol, a solicitar al ministro Jean-Baptiste Colbert la invitación para que las mujeres de Venecia compartieran con las francesas el arte de los encajes. Y qué decir de las damas, una de las mujeres que más los lució fue sin duda la reina Isabel I de Inglaterra, quien en la distinción y pompa de su ceremonial, mostró los más sublimes encajes y, según algunos estudiosos, muchos de ellos elaborados por la bella y frívola María Estuardo de Escocia, quien pasó tristes y largas horas en el cautiverio preparando los más finos diseños para la reina.

De la vieja Europa arribaron a la Nueva España mujeres que compartieron el arte de los encajes. Lugares como el Colegio de Niñas, orgullo de la capital novohispana, el cual fue testigo de esta habilidad, atribuida entonces al sexo delicado, o propio de la mujer, pero usado por casi toda la población. En los conventos no faltaron las religiosas que se afanaron en sus labores para agradar a Dios. Señoritas diestras vistieron a los santos y clérigos con finos encajes. Entrado el siglo XIX, el Semanario de las Señoritas Mexicanas presentaba en sus páginas indumentaria engalanada por los caprichosos encajes.

En suma, el auge del encaje ocurrió de los siglos XVI al XVIII, y en nuestros días continúa usándose ampliamente en numerosas indumentarias aportándoles un toque de belleza y elegancia, por ejemplo: vestidos, cortinas, cubrecamas, manteles, fundas, medias, chalecos, camisas, así que lejos de ser obsoleto se ha convertido en un elemento decorativo con bonitos y vistosos modelos que siempre llamarán la atención por estar tan profusamente elaborados.

  • Philippe Aries y George Duby. Historia de la Vida Privada. Madrid, Taurus, 2001.
  • Pilar Gonzalbo Aizpuro. Las mujeres en la Nueva España. Educación y vida cotidiana. México, El Colegio de México, 1987.

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