Desde que tuve a mi bebé, hace año y medio, me he percatado de la continua campaña pro-lactancia materna. He comprendido, puesto que lo he escuchado hasta el cansancio, los beneficios de la leche materna. Así entonces, y siguiendo los consejos de los médicos, decidí dar el pecho a mi bebé durante sus primeros meses de edad. No obstante, ya que tenía muy poca leche, debí complementar la alimentación de mi pequeño con fórmula maternizada y desde entonces no dejé de ser juzgada en ningún momento. Cada reunión médica, cada amistad que decidía dar su opinión, cada cartel, cada artículo de Internet me lo señalaba: ¡Eres una mala madre!

El segundo problema fue imponer horarios de alimentación. “Libre demanda”, dicen los médicos. Y una madre, que como yo, desearía vivir todo el tiempo estos bellos momentos de convivencia con su bebé, lo intenta por un tiempo, pero aceptémoslo, las mujeres no somos gatitas ni perritas, nosotras tenemos que bañarnos, arreglar la casa, ir al trabajo, hacer las compras, comer y muchas otras actividades, y no lo hacemos en muchos casos por gusto, sino por necesidad, cada mujer en sus distintas circunstancias tiene distintas actividades que debe realizar y, aunque así lo quisiera, no puede permanecer tirada en cama amamantando a su pequeño todo el día.

Mi bebé se adaptó a los horarios que establecí y él y yo continuamos con nuestra sana relación madre e hijo, no obstante, supe de una madre que, siguiendo al pie de la letra la recomendación de los médicos, permaneció un día entero en cama y cuando su esposo llegó a casa la encontró llorando y desesperada porque en todo el día no pudo hacer nada más que amamantar, y no es que no disfrutara de esta actividad, sino que era incómodo permanecer sucia en una casa sucia, sin poder siquiera comer y con una bebé que lloraba cada que le quitaba el pecho.

La necedad de imponer una única forma correcta de alimentar y de ser madre genera muchos conflictos en una relación que debiera estar llena de amor. Y así como esa madre que lloró y odió a su nena porque debía amamantarla todo el día, supe de otra madre que odiaba a su pequeño de ocho meses porque, al amamantarlo, éste la arañaba y la mordía. La madre, desesperada, se sentía perdida y queriendo seguir el consejo médico, sufría cada vez que daba el pecho. La solución era simple: destete. ¿No sería lo mejor que esta madre siguiera amando a su hijo en vez de sufrir estos conflictos emocionales y psicológicos que estaban dañando su relación madre-hijo? Ese pequeño que arañaba y mordía con sus pequeños dientes no era un monstruo, era un bebé sano y fuerte que estaba listo para el destete y que era forzado a permanecer en una etapa que naturalmente parecía rechazar.

Cabe señalar que cuando un bebé es pequeño, despierta de hambre cada tres horas y ¿quién debe levantarse a amamantarlo? Mamá. Pero cuando existe la opción de brindarle un biberón, papá también puede ayudar a alimentarlo, generando una división más justa de las labores y eliminando ese chiste que suelen hacer las madres que amamantan al afirmar que “no quieren dormir como bebé sino como el papá del bebé”. Además, los padres también disfrutan de pasar tiempo con sus pequeños y de vivir ese momento tan importante y que sirve para generar lazos, que es el de alimentar al bebé, ¿porqué vamos a quitarle la oportunidad de vivir esta hermosa experiencia?

Uno de los argumentos que los médicos usan para imponer únicamente la lactancia materna es la de que genera lazos, no obstante, los lazos se crean al amar a tu hijo, sin importar si lo alimentas con pecho o con biberón. El libro El pequeño Larousse de los niños de 0 a 3 años, habla a la madre que amamanta, le expone las ventajas de esta leche y le brinda consejos sobre posiciones para amamantar, no obstante le dice que si le resulta muy difícil, ya sea por la falta de leche, por que le sea incómodo o le duela, o por cualquier otra circunstancia: “nada le impide renunciar a amamantar” y añade:

“usted decidió darle el biberón a su bebé, porque se siente más cómoda alimentado a su niño de esa manera. Lo esencial, en estos momentos íntimos, es que se sienta bien, relajada, en armonía con su bebé. Lo que su hijo va a captar antes que nada es su bienestar, su felicidad de alimentarlo y el amor con el cual usted acompañe este gesto”.

Así entonces, cuando una mujer no se siente bien al amamantar, no está generando lazos, sino compartiendo con su hijo su incomodidad y generando un momento desagradable, por preocuparse más por lo que le ha sido impuesto, la lactancia materna, que por lo que se ajusta más a su condición y beneficia a su relación con su hijo.

Dejé de amamantar a mi bebé al rededor de los cinco meses, primero reduje el tiempo y eventualmente perdí la leche. Me enorgullezco de decir que en cada visita médica me confirman que mi hijo está muy sano y fuerte, no obstante, desde luego, no han dejado de regañarme por no seguir amamantándolo.

El mayor problema de esta situación, no es la recomendación de la lactancia materna, que desde luego es la leche más sana, sino la incomprensión de parte de los médicos, que no son conscientes de las circunstancias sociales, emocionales, psicológicas, laborales, económicas, etc., de las mujeres, que no pueden pagar ayuda para cuidar del hogar, que deben trabajar, que no producen leche, que se sienten incómodas o sienten dolor, etc.

La comunidad médica asume que todas las mujeres deben actuar de forma homogénea y juzgan cualquier otro tipo de alimentación, ya sea de fórmula, ya sea mixta, ya sea por menos tiempo del que ellos establecen, haciendo que estas mujeres se sientan culpables y sean tratadas, no sólo por los médicos sino también por las otras madres, las amistades y la sociedad en general, como “malas madres”.

A mediados de este año, el Royal College of Mildwives (la Asociación de Matronas del Reino Unido) lanzó un comunicado en el que expone que las madres que eligen no amamantar deben ser respetadas. Gill Walton, directora ejecutiva de dicha asociación, consideró que las mujeres debían ser informadas sobre los beneficios de la lactancia materna, pero que si no querían o no podían amamantar, no debían ser juzgadas y debían recibir el apoyo adecuado.

Desde luego, este comunicado fue necesario ante una sociedad que ejerce una gran presión y genera un sentimiento de culpa en las madres que no dan pecho. Según los datos de una investigación realizada en 2016 por la Universidad de Liverpool, en base a la experiencia de más de 1.600 madres recientes, de las 890 que alimentaron con fórmula, el 67% dijeron sentirse culpables, el 68% se sintieron estigmatizadas y el 76% sintieron la necesidad de defender su elección de alimentación.

No obstante, en México no existe ninguna instancia que defienda el derecho de la mujer a alimentar a su hijo de la manera que mejor se ajuste a sus circunstancias y no le haga sentir culpable, por el contrario existe una fuerte campaña en contra de los biberones y a favor única y exclusivamente de la lactancia materna.

 

La maternidad no tiene reglas, es un proceso que se va viviendo y cada circunstancia es diferente, cada madre, cada pequeño, cada relación madre-hijo es distinta y no puede ser encapsulada en un “deber ser” inamovible.

  

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