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Cultura

“No eran letras, eran hormigas (y otros relatos breves)” de Arnoldo Kraus

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Foto: Revista independientes

No siempre es fácil levantarse por las mañanas. A veces tenemos un poco más de sueño, nos duele algo o simplemente, existe algo que no podemos reconocer. Sin embargo, hacemos un esfuerzo y movemos nuestro cuerpo fuera de los límites materiales para poder salir a trabajar o estudiar. No siempre es fácil, pero a veces, es imposible.

La idea y acción del suicidio siempre ha existido. Dar fin a la existencia propia nace desde que hemos sido capaces de pensar más allá de lo inmediato y lo básico. Pero no por esto, resulta ser algo normal.

La normalidad dentro de la vida se basa es preservarla y alimentarla. Los deseos diarios con los que contamos resultan ser un mecanismo arraigado desde lo más profundo de lo biológico para mantenernos y reproducirnos.

Actualmente, ya resulta ser trillada la frase de Albert Camus: “El único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio”; ya que todos nos hemos topado con el tema de alguna u otra forma, ya sea en series, canciones o la perene literatura.

Y abordando la literatura, hace poco, Arnoldo Kraus (médico y profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM), publicó en Sexto Piso “No eran letras, eran hormigas (y otros relatos breves)” .

La obra, es una compilación de relatos que toman como base la idea del suicidio. Ya sea tratando el hartazgo, la desilusión o la indiferencia, el autor logra plasmar de forma concreta y fina, imágenes que invitan a quedar en silencio por un momento.

Dentro de la página de Nexos, encontramos un adelanto del libro. Éste ya puede conseguirse en librerías y resulta una lectura interesante para aquellos que quieren leer acerca del suicidio de una forma menos técnica y más artística.

Arnoldo Kraus es autor de “Decir adiós, decirse adiós” de 2013, “Recordar a los difuntos” en 2015 y “Dolor de uno, dolor de todos” de 2016, entre otros.

Suicida

El suicidio era para Carlos tema recurrente. Pensaba en sus implicaciones a partir de la literatura, la religión y la filosofía. Admiraba a los suicidas. Escribía al respecto.

A diferencia de otros colegas universitarios, para él no había dilema en la manoseada cuestión, “Quien se suicida, ¿es valiente o cobarde?”. Para Carlos no había dudas: el suicida requiere valor.

Harto de las confrontaciones de sus colegas universitarios —“¿por qué no te suicidas?”—, y de sus familiares, “deja de amenazarnos, la angustia nos acaba, mejor hazlo de una vez”, decidió ser congruente.

La mañana del uno de enero se colgó en el baño de su casa. Mientras moría, uno, dos, tres… quizás quince segundos, no más, se arrepintió. Recordó a sus colegas, a su amada, a sus libros. “Qué tonto he sido”, se dijo mientras fallecía. “Este mundo está plagado de incongruencia y miedo, y yo, ¿qué he ganado por ser congruente y valiente?”.

Terapia intensiva

En la cama 4 de la Unidad de Terapia Intensiva yace Adán. Tiene 25 años. Está intubado y tiene catéteres por todas partes. Dos días antes intentó suicidarse. Fue el tercer intento suicida. El primero hace dos años, el segundo ocho meses atrás. Justo cuando el cuchillo penetraba la yugular su padre entró al cuarto. Hizo un torniquete con la toalla. La hemorragia se detuvo. La madre, al escuchar los gritos de auxilio, llamó a la ambulancia.

En la ambulancia lo reanimaron y en el servicio de urgencias terminaron de salvarlo. Siete u ocho doctores trabajaron by the book; “todo un éxito”, dijo el jefe de las maniobras. Todos los médicos se congratularon. El Jefe de Urgencias les invitó pizza y refrescos. El residente de mayor jerarquía obtuvo días después un diploma.

Adán permaneció en terapia intensiva cinco días. El tratamiento fue exitoso. El Jefe de Terapia, ante el buen desempeño de sus muchachos, les convido pastel de chocolate y un mes después de haber sido internado Adán se tiró a las vías del metro. Ahí quedó. La noticia se publicó en varios periódicos. En el área de descanso, mientras sorbían café y leían el periódico, dos de los ocho médicos ahí reunidos, comentaron, “Pobre, era muy joven” dijo una doctora. “Pobre diablo” comentó el Jefe de Urgencias. Ni uno de los médicos que lo habían atendido sabía el nombre del joven al cual le habían salvado la vida el mes previo.

Lee el adelanto completo, aquí.

Recomendación personal: Las penas del joven Werther de Goethe y Réquiem por un suicida de René Avilés Fabila.

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