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Peligro en la Catedral

La antigua catedral de México se derribó en 1626, y aunque sus cimientos comenzaron en 1573, por muchos descalabros se fue erigiendo al compás del reloj. De manera que tocó al Duque de Alburquerque, Virrey de la Nueva España, observar los detalles de la obra y dar una visita al sagrado recinto.

Era el viernes 12 de mayo de 1660, la noche estaba fresca y las oraciones a punto de concluir.  El duque salió del Real Palacio en su mágica carroza, era preciso visitar la catedral para pedir por su vida y la de sus seres queridos, además de observar avances en el edificio. Dejó su vehículo frente a la Plaza del Marqués (hoy Monte de Piedad) y descendió con gusto y caminó rumbo a la iglesia. Los devotos se marcharon a sus casas o a comer algo en las calles aledañas, apenas se escuchaban los perros que seguían a sus dueños y los vagabundos se apostaban en los portales y esquinas de la ciudad.

En la puerta estaba, junto a la pila de agua bendita, el capitán Fernando Altamirano, tesorero y superintendente de las obras, esperaba a Alburquerque con hacha encendida que les llevara al crucero de la nave, muy cercana a la calle del reloj, donde el silencio invadía la misma. Allí mismo se reunió el don Prudencio de Armentia, quien se giró para dar una visita a la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, Alburquerque, Fernando y Armentia se posaron para rezar, en silencio a veces, en compañía también. Justo elevaban una plegaria a la Soledad cuando llegó con sigilo el capitán Manuel de Ledesma Robles, desenvainó su espada y le propinó un golpe al virrey.

El virrey tomó fuerzas para quitarse a Ledesma, le gritó y retiró, mientras Altamirano se arrojó sobre el capitán, quien sugería que era mandato divino matar al virrey. El bullicio acercó a Gerónimo López de Aguilera, atajador de las obras y a Luis Gómez de Trasmonte, maestro mayor de las mismas. Según Ledesma la petición de matar al virrey era para dejar de oficiar misa en catedral. Pero pronto se escucharon pasitos del lacayo Lázaro y de Pedro Älvarez, y ya juntos tantos señores entregaron a Manuel Ledesma con el alguacil Diegos Bustillos e inmediatamente lo condujo a la Cárcel de Corte.

Los pordioseros se aprestaron a entrar en cuanto escucharon que el Virrey había sufrido un ataque por las espaldas, y con llanto suplicaron que les regalara una limosna para pedir por su alma y su bienestar, las manos tocaron la capa del duque, a quien no dejaban pasar los mendigos porque lo rodeaban para que les diera algo de dinero, pero él y sus amigos los alejaron del virrey quien en ese mismo momento se marchó a la capilla de San José para dar gracias de su salvación.

El duque de Alburquerque sintió que volvió a nacer, agradeció con bendiciones a los hombres que le rescataron, ignoró a los pedigüeños y se subió al carruaje.

Ledesma era capitán y por tanto se reunieron las jurisdicciones militar y civil. Toda la noche se trabajó en la sumaria de Ledesma. Lo llevaron a examinar con el respectivo barbero quien solo encontró un peine y un rosario, pues la espada la dejó tirada en Catedral. Ahí mismo se testificó que Ledesma carecía de casa, alimento, y que vivía en su cuartel. Según su declaración él no quería ser morisco, por ello se fue contra el virrey.

Junto con otros 7 reos fue engrillado. En su declaratoria quedó asentado que era natural de Aranjuez, soldado entre 19 y 20 años, perteneciente a la compañía de Luis de Velasco, y que Ledesma bebió solimán y se fingió loco para matar al virrey. Al mismo tiempo declaró que deseaba tener el puesto de paja del virrey, casarse con su hija, y que nada se le cumplió. El fallo de la Real Audiencia fue arrastrarlo a la cola de dos caballos, metido en un cerón y llevado por la calle pública, que fuera ahorcado y se le cortara la cabeza, sobre ella una escarpia, cortar la mano derecha y su espada fuera puesta en la mitad de la plazuela de las casas del Marqués del Valle (frente del cementerio de Catedral).

La Catedral se fue levantando con los hombros de los naturales, con los hijos de españoles e indígenas, con las piedras de los escombros teñidos de rojo, y con una gran cantidad de minucias a lo largo de su existencia.

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