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Cultura

Reseña: El asesino triste de Gonzalo Suárez  

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Paul Auster, dentro de La trilogía de Nueva York, narra una historia del escritor  estadounidense Nathaniel Hawthorne: Un hombre llamado Wakefield, decide hacer una broma a su esposa y le dice que tiene hacer un viaje de negocios. Con esta excusa, el hombre se hospeda a unas cuantas cuadras de su casa. Pasan dos o tres días y Wakefield no se encuentra listo para volver. Pasan las semanas, meses y años, no vuelve. Una vez, paseando, observa que en su casa se efectúa un funeral. El tiempo trascurre. En ciertos momentos se topa con su esposa, pero ésta no lo reconoce. Un día, el hombre mira por la ventana que fue su casa y su pensamiento se llena de nostalgia: extraña esa vida. Decidido, camina hacia la puerta y toca el timbre.

Con esta breve pero intensa historia que nos comparte Paul Auster, puedo describir la obra de Gonzalo Suárez, El asesino triste, publicada en 1994. Ésta es un camino de acciones y reflexiones que no llegan a ninguna parte porque no lo pretenden. La comprensión de futilidad dentro del universo es lo que dota de importancia y valor a su obra. Todo esto, usando como recurso las pasiones más obscuras del ser humano, que por negadas, resultan ser más abyectas de lo que podemos imaginar.

El asesino triste, consta de 14 cuentos que vuelcan la voluntad y la entierran en un campo que entrelaza el terreno de las pesadillas y la (dudosa) elocuencia. La obra bien puede ser el  diario íntimo de un preso psiquiátrico, el cual sólo encuentra la lucidez en las horas que no escribe.

La recopilación abre con el cuento homónimo al libro, en donde un mediocre y lacónico profesor especializado en la Edad Media, se enamora a primera vista de una mujer en un restaurante. La sigue. Con esto, observamos cómo el hastío es motor para crear una situación plagada de adjetivos y la curiosidad es el hilo conductor que arrastra a la tragedia. Mientras avanza la historia, encontramos elementos que hacen recordar el cuento “La lluvia no mata las flores” de René Avilés Fabila o la obra de Rubem Fonseca.

Al seguir leyendo los cuentos, reconocemos en los personajes de Suárez una dualidad. Tenemos a protagonistas de una edad marcada, que muestran una  sabiduría (casi siempre) inherente a los años y, que tal vez por esto, son contenedores de deseos juveniles: una exacerbada sed de vivir y recordar, mientras duele la espalda y las arrugas caen sobre el rostro.

En “Una entrevista con el diablo” nos damos cuenta de que en verdad el infierno se encuentra en lo mundano y de que el señor de las tinieblas necesita de publicidad para existir. El infierno son los otros, dijo Sartre y así como es indispensable ser gregarios, también, alejarse del ruido que exaspera.

Yo soy dios, al igual que la persona que lee estas palabras es dios, y ser conscientes de esto, abruma. El hombre teme a la responsabilidad y durante la charla que nos propone en sus cuentos el autor, recordamos que es más fácil leer que escribir y es más fácil morir que vivir.

Hace tiempo, leí en alguna parte que el amor es un deseo de segundo orden. Es decir, yo elijo amar a alguien. Con esta hipótesis, la idea popular de que en el amor, la pérdida de control sobre nuestra voluntad es inherente, queda descartada. “Palabras en penumbra” plantea esta situación: ¿de verdad puedo elegir? Durante el desarrollo del cuento, poco a poco saboreamos la relación de dos seres que quieren (eligen) enamorarse y enfocan su voluntad hacia ello. Sin embargo, como sugiere Schopenhauer, el dolor nace primordialmente del querer. La no satisfacción del deseo nos vuelve infinitamente infelices. Por lo tanto, descubrimos que el amor resulta ser un producto más allá de la voluntad y no logra asirse.

Durante el desarrollo de la obra, notamos que los cuentos son ominosas sentencias que buscan diseccionar finamente la vida cotidiana. Nos arrojamos a la lectura en busca de un desasosiego que irónicamente conforta.

Y mencionando el confort, tenemos el cuento de “El candidato”,  donde la falta de recuerdo (amnesia) desata una aventura que el cuerpo conoce, pero la mente no. ¡Agradable sensación de no saber de ti!

Un hombre despierta en una playa sin memoria. Busca ayuda. La encuentra. Sus salvadoras son una madre y su hija. El hombre cede terreno a la libido. Tener conciencia de sí mismo no importa cuando la carne llama y el desconocido lo descubre. Sólo quiere poseer a la hija. En su mente recorre la suave piel de la juventud una y otra vez.

Al final de la historia, el candidato se da cuenta de que la concupiscencia crea imágenes distorsionadas y querrá entregarse de nuevo al olvido. El poder conocer quiénes somos nos hunde tan profundo que la luz se pierde para siempre.

 

La obra de Gonzalo Suárez, cierra con una reinterpretación de la obra de Louis Stevenson, Dr Jekyll y Mr. Hyde de 1886.

Mientras que en la novela original de Stevenson encontramos la génesis de un ser que representa la dualidad en el ser humano; en el relato de “La verdadera historia de H. y J. (o tras la trama de un lápiz)” se urde una historia que avanza paralelamente entre el amor fallido de un joven Jekyll y la consumada forma de Hyde cien años después.

Florence, es el nombre de la mujer que quitará el sueño a Jekyll. Así como Werther, el joven médico, dedicará su energía y pensamientos a una figura que por idealizada, es perfecta. Sin embargo, la realidad se hará presente por medio de la frustración, alimentando a la criatura cuya naturaleza ensombrecerá su existencia.

En todo momento, mirar a los ojos a Hyde resultará ser una tarea titánica, ya que como una vez lo planteó el filósofo Cioran, un rostro que plasme claramente los dolores interiores, es imposible de observar.

El cuento terminará con un Hyde inmortal que llora por dentro su soledad, siendo los vicios el sucedáneo con el cual está destinado vivir.

En reflexión general, la obra de Gonzalo Suárez es un juego de erudición que se decanta gota a gota. Su estilo profundiza la cotidianeidad y la eleva al terreno de la parodia o la reinvención.

Los cuentos ofrecen, de manera particular, un dulce sorbo de angustia que a veces necesitamos para sobre-vivir.

 

 

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