No hay manía más funesta,
ni capricho más peligroso,
que la especulación o conjetura
de los caminos que no tomamos.

Elegir es anatema, la libertad está restringida a la realidad. Decidir sí o no, sólo tiene importancia si genera cicatriz. Marcas visibles o invisibles que son recordatorio de aquello que llamamos experiencia.

Todo puede desencadenar un recuerdo, un aroma, un sonido, una imagen; para Antonio Yammara, protagonista de El ruido de las cosas al caer, novela del colombiano Juan Gabriel Vázquez, el detonante de su memoria será el anuncio de la muerte de un hipopótamo. Éste hecho lo hará volver a una tentativa de amistad y a una agresión casi mortal, las cuales, dibujaron una línea de elecciones que lo encerraron en la soledad.

La novela, contada en primera persona, está situada en Colombia de los años noventa, un país que arrastra la reciente muerte de Pablo Escobar, la figura por antonomasia del narcotráfico. Durante la obra, se mencionan, de manera superflua, imágenes como la muerte de Álvaro Gómez, candidato a la presidencia de Colombia o el asesinato del ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Esto, porque el autor sólo presenta de manera indirecta a Pablo Escobar y sus alcances, centrando la historia en las consecuencias mundanas del inicio y el fin de la época de “El patrón”.

Antonio es un joven  profesor de derecho, poseedor de una fina inteligencia y una vida relajada. Un billar del centro de Bogotá es el espacio en donde alimenta al ocio y en donde conoce a Ricardo Laverde, personaje lacónico y de apariencia tímida, que, sin embargo, por la fuerza de la costumbre, se acerca a Antonio. Así, ambos empiezan a compartir fragmentos de vida que son preámbulo al siguiente tiro o al siguiente sorbo de ron.

Antonio, poco tiempo después, conoce a Aura, ex alumna con la cual, cimenta una relación gracias a la inesperada noticia del embarazo de ésta. Con ella, sus días se vuelven una mirada fija hacia el futuro que le depara ser padre. Deja de frecuentar el billar y por lo tanto, de ver a Laverde.

Sin embargo, los viejos gustos golpean a la puerta de vez en vez y el protagonista decide visitar el espacio del ocio pasado, esperando encontrar a su incipiente amigo. Lo logra, teniendo una situación algo inesperada: Laverde necesita escuchar una cinta, y pide la ayuda de Antonio. Éste, contesta a la petición de inmediato y se verán al poco tiempo en la biblioteca.

Soledad es la dulce ausencia de miradas, escribió alguna vez Milan Kundera; y, sorprendido del llanto que provoca la cinta en Laverde, Antonio decide cerrar los ojos y dejar solo a su amigo, mientras repite algunos versos de José Asunción Silva.

Pasada esa situación, la violencia se hace presente minutos después de haber salido de la biblioteca. Los billaristas son interceptados y balaceados, con lo cual Laverde muere y Antonio queda gravemente herido.

Ya en el hospital, el miedo y el dolor inundan las noches. Es difícil que la gente que no sufre sienta empatía y Antonio lo comprende rápidamente. Los meses transcurren y nada puede ayudarlo. Una cicatriz en su vientre y una cojera constante es la huella física. Una pregunta inamovible es la huella emocional: ¿por qué?

Todo puede etiquetarse y estrés postraumático es lo que le diagnostican al protagonista, volviendo su dolor en un cliché y dándole la recomendación de que inicie un diario. La eterna catarsis que desbordan las letras. Sin embargo, la elaboración del diario, si bien se expone de manera directa y con lugar a desarrollo, se olvida a lo largo de la historia, dejando un hueco en la novela.

Dos años transcurren y cierta mejoría física en Antonio se complementa con Leticia, su amada hija. Antonio camina por las calles. De repente, un impulso lo aborda y decide visitar el lugar del nefasto ataque. Ya ahí, su corazón refuerza lo que su memoria dilata: la muerte no consumada. Un paso hace descender al otro y el protagonista se desliza hasta lo que era el hogar de Laverde. Aquí encuentra a Consu, antigua arrendataria del asesinado. Con ella, logra obtener la cinta que hace tiempo hizo llorar a su amigo. La escucha.

Existen recuerdos que nunca resultan lejanos y al escuchar la cinta, Antonio logra entender las lágrimas de su difunto amigo. Una grabación de la caja negra de un avión es el contenido de la cinta. Un avión que se desplomó días antes de la agresión mortal y en cuyos asientos se encontraba Elaine, la esposa de Laverde. Ahora, dos muertes están en la conciencia de Antonio y éste necesita más respuestas.

Nueves meses después, el destino empieza a jalar su hilos y Antonio recibe una llamada de Maya Fritts, hija de Laverde. Ésta quiere verlo para unir las piezas del rompecabezas. Sangre llamando a la sangre, obsesión llamando a la obsesión. Antonio decide salir en busca de respuestas.

Al conocer a Maya, Antonio siente simpatía, aquella que nace con las personas que no nos conocen. Los dos empezarán a intercambiar la información que contienen, plasmando una historia dentro de la historia.

Elaine, una joven estadounidense voluntaria de los cuerpos de paz en Colombia es la protagonista de la nueva historia, junto con Ricardo Laverde, un joven colombiano cuya meta es ser piloto.

La incursión de estos personajes, convierte a la narración en tercera persona, con lo cual, la profundidad de los nuevos personajes está mejor desarrollada. Por parte de Elaine, conocemos su pasado conservador y personalidad caritativa. Mientras que en Ricardo, vemos la ambición básica y un egoísmo velado.

Con estas dos personalidades a flote, la historia avanza como la arquetípica del amor, dando muy pocos elementos originales. Es hasta que el autor empieza a introducir la situación en donde Laverde se involucra con el narcotráfico, donde toma su ritmo.

Al poco tiempo de casarse Laverde y Elaine, tienen una hija, Maya. Con esta nueva responsabilidad, Laverde, después de varios torpes trabajos simples como piloto, empieza a trabajar traficando marihuana hacia Estados Unidos. Pero como nunca es suficiente, la cocaína entra en escena rápidamente. Así se logra construir “Villa Elena” en donde la pareja y su hija vivirán algún tiempo hasta captura de Laverde y su encarcelamiento por 20 años.

Durante la reconstrucción de toda esta historia, somos testigos de la intimidad que se va urdiendo entre Maya y Antonio, los cuales descubren que en su niñez, visitaron el zoológico en la “Hacienda Nápoles”, propiedad de Pablo Escobar. Esta coincidencia los hará re-visitar el sitio (por primera vez juntos) ya en ruinas y poder observar un hipopótamo. Imagen que será el detonante de la novela años después.

Toda esta subtrama que reconstruyen Antonio y Maya se siente, por momentos, prescindible. Existen pasajes que se remontan al abuelo de Laverde y que pretenden otorgar profundidad a las motivaciones del personaje, sin embargo, se vuelven tediosos y poco relevantes.

Al final de la obra, Antonio regresa a casa, saciado de la curiosidad y con un dejo en su cuerpo de la esencia de Maya. Pero, toda obsesión tiene un precio y el protagonista descubre que Aura se ha ido de la casa y se ha llevado a Leticia.

¿Por qué mataron a Laverde? El lector nunca sabe eso, dejando a la obra como claro exponente de una historia del camino y las decisiones, no de respuestas.

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