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Reseña: Mary Shelley o sobre la génesis de lo sublime

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Hablar sobre la génesis de una obra es hablar de una serie de hechos que marcan la vida de un autor y qué es lo que lleva a plasmarlos de alguna u otra forma. En el arte, las musas que dictan finamente cada aspecto de la creación son muy poco frecuentes y el artista se tiene que limitar a crear de lo que sabe o ha vivido, ya sea por medio de la realidad o los sueños. Y para Mary Shelley, una vida concurrida de sufrimientos hace preguntarnos una  vez más ¿es inherente el dolor en el arte?

Mary Shelley fue estrenada el año pasado (2017) y dirigida por Haifaa Al-Mansour, quien es conocida por su dirección en el film de 2012, El sueño de Wadjda. La película intenta mostrar las circunstancias que consumaron en la génesis de su más famosa obra: Frankenstein o el moderno Prometeo.

La película inicia mostrando a una joven Mary cuya mente está volcada a las historias de fantasía. Esto puede tener explicación ya sea para el escape de una vida anodina con un escritor famoso como padre y una madrastra hostil o como preámbulo al destino que tenía dibujado en su vida.

Y ese hilo conductor hace Mary conozca a Percy Shelley, notable pero casi desconocido poeta cuyas aspiraciones pueden ser bien descritas como libertinas; ya que, por lo que se muestra en el film, es poseedor de un carácter blando hacia la literatura, utilizándola solamente para conseguir placeres mundanos como la vanidad o el sexo.

El amor puede tomar muchos atajos, pero siempre llega a su inexorable destino y para la pareja no es distinto; después de jurarse eternamente felicidad, llegan las injusticias y pasiones que desgarran y mutilan al otro. Mary entierra su corazón en el pináculo de ese dolor cuando llega la muerte de Clara, su bebé que sólo vio la luz de la vida algunos meses. Con esta pérdida, el carácter lirico cobra más fuerza y de forma natural, busca ser un sucedáneo que evite la muerte.

Con esta situación, aparece en escena Lord Byron, mítica figura literaria cuya representación es bastante notable y que recuerda a los eternos bohemios encabezados por el sublime Baudelaire. Con Byron, los excesos traen destellos de lucidez artística en donde se propone la construcción de una historia de fantasmas. Ante esta sugerencia, Mary y John William Polidor, empiezan lo que serían las obras que los engancharían en la eternidad: Frankenstein o el moderno Prometeo y El vampiro.

El arte es más que creación y lo vemos junto con Mary, que, cuando termina su obra, empiezan los problemas para poder publicarla. Su juventud y sexo se convierten en un obstáculo en un mundo donde la genialidad sólo puede venir de los varones y aun así, de ciertos varones, porque también seremos testigos de que el robo es más común de lo que se cree y nada está exento del lodo de la envidia.

Así, la primera edición de Frankenstein, será prologada por Percy Shelley y atribuida a él, mientras que El vampiro será firmada por el ladrón de Byron, dejando atrás al verdadero autor, Polidor.

Hay que decir que el film se centra fuertemente sobre una historia de amor fallido que va urdiendo el abandono y soledad, que serán los ingredientes en la obra cumbre de la autora, y por esto, en ningún momento se profundiza en la  novela o su alcance mediático, dejando una sed de saber un poco más sobre la fuerza que ésta pudo haber plasmado en el siglo XIX.

Ya al final, el reconocimiento será entregado a quien lo merece y Mary podrá continuar con una vida dentro de la norma, con un hijo y habiéndose casado con Percy, convirtiéndose así de Mary Wollstonecraft Godwin a la Mary Shelley que la historia conoce.

En aspectos generales, la película Mary Shelley, retrata de forma luminosa y conmovedora la historia de una mujer que inicia en el arte por gusto y después por necesidad. Existen elementos de empoderamiento femenino que enaltece la forma y el fondo de la creación de una de las obras más hermosas de la literatura y deja una sutil reflexión sobre el arte y sus circunstancias; aprendiendo que nada es tan puro como parece y que como diría la misma Mary: la invención no nace de crear de la nada, sino a partir del caos.

Leamos Frankenstein y sintamos la soledad y el abandono.

Ars gratia artis

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