Sufrir el ruido en esta ciudad: crónica de muchos desvelos

Uno de los diversos problemas de una gran ciudad, como la de México, es que uno está constantemente expuesto a una cantidad infinita de ruido. Yo puedo soportar el ruido en el trayecto hacia mi casa, pero tener que aguantarlo en mi propio hogar me parece terrible. Quienes hayan vivido situaciones penosas a causa de sus vecinos ruidosos entenderán esto.

Mi experiencia personal se remonta a hace poco más de dos años, cuando llegué a vivir a una unidad departamental en la que nadie había jamás escuchado la frase de Benito Juárez que afirma que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. En aquél entonces mi esposo y yo tuvimos que enfrentarnos a un grupo de vecinos que toleraban el ruido del otro para poder colocar su propio ruido a todo volumen. Y con ruido me refiero a todo tipo de música, aunque sobretodo a “música” con nula calidad artística. Lo peor del caso es que los vecinos escuchaban su música a todas las horas del día, unos a las ocho de la noche, otros a las dos de la mañana; unos en cuanto los gallos cantaban, otros por la tarde… Casi siempre de dos en dos o de tres en cuatro, y cuando por fin había un descanso de silencio, duraba demasiado poco.

Mi esposo y yo llegamos a ir a un parque a recostarnos en el pasto, sólo para poder descansar, pues en nuestra casa era imposible. Yo esperaba con ahínco cualquier viaje con la esperanza de dormir por la noche, e incluso por el día, sin importar que estuviera en un lugar donde en otras circunstancias habría preferido salir a pasear.

No es de sorprender que nos encontráramos en tal grado de desesperación, pues según la Organización Mundial de la Salud, el ruido es un gran factor de riesgo cuando supera los 75 decibeles. Para que se den una idea: el estallido de un cohete o el ruido de un arma de fuego generan 150 decibeles; las sirenas, 120; los altavoces, 110; una motocicleta, 95; tráfico pesado, 85, y un reproductor de música a volumen alto genera aproximadamente 105 decibeles.

Los daños a la salud asociados al ruido son: sordera o daño al oído, insomnio, hipertensión, riesgo cardiaco y estrés, accidentes cerebrovasculares, deterioro del rendimiento cognitivo y depresión. En un año, mi esposo y yo llegamos a adquirir cinco de estos síntomas. Los tapones de oídos se convirtieron en nuestros mejores amigos, aunque con ellos no podíamos conversar ni ver una película, pero tampoco podíamos hacerlo a causa del escándalo. La verdad es que fue una época muy difícil y mudarnos no era una opción viable, pues los problemas para rentar en la ciudad de México son muchos otros, muy grandes también pero en los que no ahondaré aquí.

En ese año comprendí lo difícil que era dialogar con aquella gente, con quienes intentamos hablar tranquilamente en muchas ocasiones. Finalmente, una tarde en que me encontraba con dolor de cabeza (además de embarazada) estallé y muy enojada fui a tocar la puerta de los vecinos, quienes me ignoraron y me tacharon de loca por molestarme pues “ellos estaban en su derecho a oír música a todo volumen” (el de al lado reggaetón y el de arriba electrónica al unísono, entre semana y a las cuatro de la tarde). La madre de mi vecino de al lado me retó a demandarlos y el muchacho quiso irse a golpes contra mi esposo.

Una de las razones por las que muchas personas decidimos no denunciar ni demandar es por miedo a las represalias que los vecinos puedan tomar. Además de temor a sus ataques a mí o a mi esposo, temía que pudieran envenenar a mi perrita, pues tenían una ventana hacia mi patio, donde ella dormía.

Otra razón para no denunciar es que el trámite burocrático es muy complicado y algo incoherente, pues de qué te sirve exponer que el vecino de arriba tiene ruido que incumple con la normativa y no deja dormir, hoy a las tres de la mañana, si van a resolver el caso diez días después y cuando lleguen a comprobar si el problema es cierto, lo harán en un momento en que el vecino no tenga ruido. En realidad la denuncia se resolverá demasiado tarde y el problema es demasiado ambiguo para proceder.

Mi amable casera nos ofreció levantar una demanda a su nombre, teniendo en cuenta que ella era la dueña del lugar, pero la efectividad de tal procedimiento es dudosa, pues no hay forma de tener a alguien vigilando que el vecino no haga ruido las 24 horas del día, además, aunque ese vecino dejara de generar ruido, quedarían todos los demás, lo que vendría a ser igual y uno sólo se haría de un enemigo, que, como dicen, nunca es pequeño. Cabe señalar que la mujer que me retó, señaló que ya antes los habían demandado y no habían podido hacer nada contra ellos y la verdad es que no lo dudo.

Llamar directamente a la policía tampoco funciona, pues los ruidosos se callarán por un rato, pero luego reanudarán su escándalo.

Escuchar ruido prolongado mayor a 75 decibeles, no es un derecho, es una violación al derecho ajeno, pues según el artículo 4° de la Constitución Mexicana: “Toda persona tiene derecho a la protección de la salud (… así como …) a un medio ambiente sano para su desarrollo y bienestar.”

Por suerte, mi esposo y yo pudimos huir de allí antes de que naciera mi hijo, y en especial por él, pero muchos otros no tienen tal suerte.

Hace algún tiempo escuché un chiste sobre un circo que ha estado en un sitio por cinco años y un día se les ocurre ir a preguntar a los vecinos si no les molesta su presencia, entonces el hombre que abre y escucha la pregunta, responde cantando como un loco la tonada del circo: “tata tararararata tata tata tararararata… “. El día en que toqué desesperada a la puerta del vecino me debo haber parecido mucho al hombre del chiste. Pienso que para poder soportar esta situación, las personas tienen que aprenderse, aunque no quieran, la tonada del circo.

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Lic. en Letras Hispánicas por la UNAM. Ama los libros, el café, el tango y a los gatos. Se encuentra en una relación de amor-odio con la Ciudad de México.