Hoy podemos imaginar muy bien la vida de los Celtas y los Vikingos, éstos últimos inmortalizados gracias a series de héroes, personajes simpáticos de las caricaturas, y el inolvidable Thor y Loki. A veces han tenido mala reputación entre los episodios históricos, donde se pintan obesos, altos y sucios, además de la carga agresiva hacia los diferentes, los no bárbaros como ellos. Sin embargo, las mujeres gozaban de respeto, tomaban decisiones importantes en la comunidad, y muchas de ellas eran esbeltas y no tan altas. Los hombres usaban con frecuencia el peine para acicalar la cabellera y evitar piojos y liendres; igualmente pasaban los meses obscuros en sus casas jugando con los pequeños y comiendo su “pan” y mantequilla.

Sabemos que de las bebidas más consumidas por los Vikingos era la leche, sus derivados: queso y mantequillas. En el desayuno y cena era frecuente su consumo, en las largas travesías, la leche fue su acompañante para mitigar la ser, y es posible que después de un buen galope, en la leche flotara el líquido informe de coágulos de amarilla grasa.

Es posible que la primera mantequilla consumida por los Vikingos oliera muy mal, pues este producto asimila con rapidez los olores, y los hombres de los siglos XVIII y IX no sabían mucho de higiene o limpieza. Por otro lado, los odres en que se solían llevar todos los líquidos difícilmente podían mejorar el fuerte olor de la mantequilla. Comúnmente, echaban a perder tanto su olor como su sabor. Por eso, los hombres no comían la que preparaban con la leche de sus ovejas y sus cabras. La quemaban en las lámparas o la usaban como ungüento. Pero el apetito voraz hizo que Vikingos degustaran mantequilla, leche, queso, huevos y carne pese a los malos olores y sabores.

La limpieza e higiene fue cobrando importancia a través del tiempo, y con ello las personas dispusieron que la mantequilla fuera menos maloliente y apestosa. Las mujeres que se quedaron en la casa aprendieron a retirar la crema con un cucharon y a revolverla o batirla en un cuenco o vasija hasta que apareció la mantequilla más agradable al paladar y más limpia.

Más adelante apareció un embolo buzo, utensilio de mango largo y recto que tenía en su extremo inferior un juego de varillas planas de madera. Ese instrumento podía accionarse para arriba y para abajo en una especie de barrilito con crema, y durante cierto tiempo fue la única batidora que conoció la cocinera.

Los tropiezos para hacer la mantequilla llevaron su tiempo, ese mismo de ocio que vivieron los Vikingos durante el frío; la casualidad y la observación hacían que sus mantequillas fueran suculentas o simplemente insípidas. Vieron que un factor que terminaba con su desayuno y cena era cuando las vacas se metían en el sembrado de cebollas, era fácil adivinar lo sucedido, aunque ya no había remedio. Es probable que tanto Vikingos como Celtas, durante la poca reserva de hielo, donde abundaban las moscas pusieran la leche en el lugar más fresco de la casa, y muchos diminutos organismos vegetales se introdujeran en los recipientes de la bebida, o sea, las bacterias y producir sabores tan singulares de llevar a las señoras y los niños al borde de la desesperación.

Tantos siglos con vacas y sus derivados, sus mezclas y sinsabores, que el mundo esperó la llegada de Pasteur para que la mantequilla cobrara esa deliciosa forma y consistencia para agradar al paladar.

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