Todos los que habitamos en la Ciudad de México hemos tenido buenas y malas experiencias en el transporte público, sobretodo malas, y es que, ¡cómo no!, si pasamos demasiado tiempo en los largos caminos que recorren esta inmensa ciudad.

El transporte más conocido, probablemente el más querido y el más odiado, es el metro. Ese gran gusano naranja en el que muchos viajamos casi a diario.

Uno de los mayores problemas de este transporte es la cantidad de gente que lo aborda. Se necesita tener mucha destreza para entrar, para salir, y para lograr acomodarse. Cuando uno observa las ventanas de vidrio que cubren las puertas de este transporte a las horas pico, no sabe si está mirando el metro o una pintura cubista, pues se observan brazos, cabezas, dorsos, acomodados de la manera más extraña y estampados contra los vidrios con una maestría que Picasso habría admirado.

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En ocasiones es imposible subir al metro, es por esa razón que uno debe cambiar de ruta o salirse a comer unas quesadillas en lo que disminuye la cantidad de gente. Pero lo más difícil es bajar, es preciso superar una carrera de obstáculos que incluye a una mujer con cinco bolsas de compras que hizo en la central de abastos, un hombre con una cesta llena de dulces típicos, cinco niños que no dejan de moverse de un lado a otro, un hombre recostado sobre vidrios rotos, una adolescente con audífonos que no se mueve porque no te oye, un cantante con una bocina y un vendedor con el último artículo de moda, de novedad, para el niño o la niña.

Tampoco falta el joven que se agarra con fuerza a su lugar y no se mueve de allí, estorbando a todo el que quiere bajar y subir. A veces me sorprenden estas personas pero cuando pienso en el trabajo que les habrá costado entrar, los entiendo un poco. En una ocasión me tocó ver a un muchacho que, negándose a que lo bajaran del metro, avanzaba a contracorriente, mientras que un flujo de personas lo sacaba; de forma que permaneció allí: saliendo y entrado por unos minutos, como un pez que nada con todas sus fuerzas. Pudo hacerse a un lado y luego entrar de nuevo, pero no. Hay gente muy tenaz pero no muy ingeniosa, mas no los culpemos, es el efecto del metro y el temor de quedarse afuera y no poder ingresar más nunca.

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Parte de viajar en el metro es discutir con otros pasajeros: con el que apartó el lugar y no nos deja sentar; con el decente que en vez de ceder su asiento, quiere ceder el nuestro; con el que quiere escuchar su música a todo volumen sin importarle que no está en su casa; con el que se adueñó del asiento designado; con el que abre tanto las piernas que no deja que nadie más se siente…

Hace poco se me ocurrió jalar la palanca de emergencia porque un ladrón quiso robarnos una maleta, ¡madre de dios, no lo hubiera hecho!, la mujer conductora casi nos pega a mi y a mi bebé por incomodarla, pues resulta que tengo que estar sangrando para poder jalar la palanca, pero si estoy sangrando, ¿de dónde saco la fuerza para jalar la palanca? Y resulta que me tienen que apuntar con un arma para que pueda jalar la palanca, pero si me apuntan con un arma, de tonta jalo la palanca.

En fin, viajar en metro tiene sus inconvenientes, pero cuando uno piensa en el tráfico, en los conductores que te avientan el carro, en que si vas en camión corren como si fueran a estrellarse en la siguiente cuadra, en que si vas en bici nadie respeta tu carril, o de plano ni hay carril, entonces uno se resigna, después de todo como decía aquella publicidad: “¿Cuál es el camino más corto entre dos puntos? El Metro”. Eso es cierto, sólo esperemos que no llueva y debamos permanecer 15 minutos en cada estación.

 

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